
La noche estaba agradable. Pedí un trago en la barra y me senté en una mesa apartada a esperar. A pesar de estar al borde de la playa, el humo de los puros y cigarrillos flotaba en el ambiente. Desde el improvisado escenario sonaba un saxofón, tocando una suave música ambiental.
Llevaba una semana en ese paradisíaco lugar, esperando la reunión que nunca habíamos concretado, pues claro, no podíamos concretarla. Nadie podía saber cuándo y dónde nos reuniríamos. Pero la intuición y alguna que otra pista me llevó a ese lugar. Estaba seguro de que tarde o temprano aparecería.
De pronto entre la gente, la vi. Sentada junto a la barra y completamente solitaria, me llamó la atención que no hubiera algun tipo tratando de llevársela a su apartamento. Llevaba un vestido elegante, de un rojo carmín que combinaba con sus labios. Sus ojos de color esmeralda parecían mirar al infinito, adornados con una fina capa de maquillaje que no alcanzaba a entorpecer su belleza. Llevaba un par de aretes dorados que no llamaban la atención, y sus manos sólo llevaban un anillo con una piedra de obsidiana tan negra como la noche más allá del horizonte.
Me acerqué a ella, acomodándome la chaqueta y tratando de no llamar la atención de ningúna persona que nos rodeara, le dije "Hace una tranquila y cálida noche de verano, ¿no crees?"
Me miró de pronto, un tanto sobresaltada, como si la hubiesen despertado de un sueño, y me respondió "Las gaviotas vuelan bajo durante el ocaso. Los lirios de la costa florecen casi sin esfuerzo."
La invité a un trago y nos pusimos al día con las informaciones de las últimas semanas, pero sin hablar directamente de nuestro cometido, como si fuesemos dos viejos amigos en su reencuentro.
La reunión había resultado y eso me tenía contento, casi confiado, pero aún notaba algo extraño en su mirada, como una especie de melancolía, como si le doliera lo que estuviese haciendo en el momento.
Luego de un rato de conversación, risas y tragos, tuve que pedirle permiso para ir al baño, cosa que, a pesar de no tener problema en concederme, pareció molestarle profundamente en un plano personal. Como si fuese mejor para ella que yo no lo hiciera. Traté de ignorar esa preocupación y me dirigí rápidamente para volver pronto con ella.
Entré al baño de caballeros tan concentrado, que no noté al hombre parado tras la puerta, ni al tipo lavándose las manos en el lavatorio. Pero no fue hasta que el objeto contundente golpeó mi cabeza, enviándome a la inconciencia, que no me di cuenta que ella me había traicionado, que el tipo en el lavabo era un espía enemigo y que el hombre tras la puerta era un matón enviado a capturarme, para así, de una vez por todas, poner mi misión en riesgo y firmar la escapada del criminal que llevaba meses persiguiendo.



