Sunday, September 14, 2008

Corría una tranquila tarde de primavera. El negocio había estado un poco solitario durante el día, a excepción de uno o dos clientes buscando alguna que otra cosa. El sol se asomaba tímidamente entre las nubes y las letras pegadas en el ventanal de la tienda relucían ante la luz del día.
"Todos los libros del mundo." Rezaba la frase promocional en el ventanal.
De pronto se escuchó la campanilla de la puerta y el vendedor de libros levantó la cabeza para ver quién había llegado. Y ahí había un hombre mayor, con una calvicie que se notaba que había ganado mucho terreno sobre su cabeza, grandes ojeras bajo sus pardos ojos y con un semblante que expresaba una profunda tristeza. El vendedor de libros lo miró con una sonrisa, mientras el caballero se paseaba entre las torres de libros que yacían por todos lados, y le preguntó:
"¡Buen día señor!¿Puedo ayudarle en algo?"
"Si, bueno, ando buscando un libro." respondió el hombre con timidez.
"Me parece que ha venido usted al lugar indicado. Estoy cansado de la gente preguntando por lugares donde comer." agregó el vendedor de libros con una sonrisa.
"Dios, hace muchísimo tiempo que no venía a una librería..."
"En ese caso, debe estar usted buscando un libro bastante raro. Nada de bestsellers baratos. ¿El libro de su infancia, quizás?" Aventuró el vendedor de libros, a lo que el hombre respondió con una mirada de asombro:
"¡Increíble! ¿Cómo adivinó?"
"Un hombre como usted no vendría a este lugar de no ser por su primer amor. ¡Sígame, por favor!"
Bajaron unas escaleras hacia una habitación subterranea que estaba aún más repleta de libros que la entrada de la tienda. Había torres y torres de libros por todos lados.
"Ahora solo hay que determinar el nombre de su primer amor. ¿Pergauld quizás? O tal vez Baum. ¿Lindgren? Quizás algo más clásico... que tal Verne?" Comentaba el vendedor de libros mientras se abría paso entre todas aquellas ediciones.
"Si, eso es. Julio Verne y sus 20.000 leguas de viaje submarino." respondió el hombre al escuchar el nombre del autor que buscaba.
"El buen Julio. No será difícil encontrarlo."
Una vez que hubieron caminado un tramo más por las escaleras, el hombre se aventuró a comentarle al vendedor de libros:
"Realmente tiene todos los libros del mundo aquí, no es así?"
"Todos...excepto uno." Respondió el vendedor de libros con melancolía.
"¿Excepto uno?" el hombre se sintió sorprendido al escuchar esas palabras, pero el vendedor de libros no le hizo caso y de pronto anunció:
"¡Ah! Verne. 20.000 leguas de viaje submarino. Esta es una edición de cuando usted habrá sido un niño pequeño. ¿Desea echarle un vistazo?". El vendedor de libros le alcanzó la polvorienta edición al hombre , quién la tomó con curiosidad y comenzó a ojearlo con una creciente sonrisa en la cara.
"¡Esta es! ¡Es exactamente igual! Recuerdo esta ilustración, y esta también. Y...oh..."
"¿Sucede algo? ¿Acaso está dañada?" preguntó el vendedor de libros al ver cómo la sonrisa de su cliente se desvanecía.
"No. Es sólo que mi copia tenía... Cuando mi madre me la regaló, le puso una inscripción." Los recuerdos comenzaron a fluir en la memoria del hombre y recordó cuando su madre le había regalado el libro. Se pudo recordar leyendo la inscripción en voz alta, con la temblorosa voz de quién ha aprendido a leer hace tan solo un corto tiempo. "Para mi niño Anton, para se-se-seguirlo en su ma-mágico viaje, su madre." rezaba al inscripción en la contratapa de su edición.
"Mi madre murió el mes pasado, quizás es por eso que vine acá..."
"¡Un libro con una inscripción! Pues debería haberlo dicho inmediatamente. Veamos... ¡Ah! Aquí está."
El hombre tomó este nuevo libro que el vendedor había buscado y, al abrirlo, quedó totalmente paralizado por la inscripción que había en su interior. Ahí, desde la contratapa de aquel libro que sostenía en sus manos en ese momento, asomaba la dulce caligrafía de su madre, pronunciando aquella inscripción que llevaba uno de los libros más significativos de su infancia.
"¡Esto es increíble! Pensé que este libro se había perdido para siempre cuando nos cambiamos de casa." Exclamó el hombre sumido aún en el asombro.
"Quizás es el libro con la dedicatoria de otra persona." Dijo el vendedor de libros, pero el hombre se apresuró a refutarlo.
"No, es el mismo libro que me regaló mi madre. ¡Esto es un milagro!"
Mientras emprendían el camino de vuelta al mostrador para cerrar la venta, el hombre le preguntó al vendedor:
"¿Cómo ha logrado tal cosa, señor vendedor? ¿Acaso es usted también mago?"
"No soy más que un vendedor de libros, señor. Y como tal me enorgullezco de encontrar siempre exactamente lo que mis clientes están buscando."
"Todos los libros del mundo."
"Exacto."
"Todos excepto uno."
"¿Cómo dice?" el vendedor miró con asombro al hombre que lo seguía por las escaleras.
"Eso dijo usted hace un rato. Todos, excepto uno."
De pronto el vendedor de libros comenzó a sumirse en un torbellino de recuerdos, mientras escuchaba a lo lejos la voz de su cliente preguntando: "¿Y puedo saber cuál es ese libro?" Sin embargo no le prestó atención, ya que su mente se remontó a una calida tarde de verano, en que estaba sentado en el pasto con la pequeña Tea. Estaba revisando un libro de dibujos que Tea le había pasado, mientras Tea le contaba cómo los había dibujado todos ella misma, especialmente para él. De pronto se escuchaba el sonar de una campanilla, y al darse vuelta vio a su novia, Sandra y a su amigo Stefan en las bicicletas, apurándolo para que los acompañase al lago. Se despidió apresuradamente de Tea, dejándola ahí sola sobre el pasto, pero sin antes agradecerle por el hermoso libro de dibujos que ella le había regalado. Una vez ya en el lago, Stefan cogió el libro de dibujos y comenzó a burlarse de el, mientras el intentaba recuperarlo, diciéndole a Stefan que era un libro que había hecho Tea para él. Sandra escuchó esto e inmediatamente reaccionó, quitándoselo a Stefan de las manos.
"Con que Tea... ¿Asique ahora andas aceptando regalos de otras mujeres? ¿Acaso no soy suficiente para ti?"

"¡Sandra! ¡Tea no es más que una pequeña niña! La conozco desde siempre. Es como una pequeña hermana para mi."

"¡No importa! Si me amas, me dirás que no te importa este estúpido regalo." Con esto, Sandra se paró en la punta del muelle, a la orilla del lago, sosteniéndo el libro de Tea más allá de donde terminaba el muelle, lista para lanzarlo al agua.

"¡Sandra!"

"Estoy escuchando. Dime qué debo hacer con este libro de dibujos." Desde la orilla se escuchaba a Stefan gritar a todo pulmón "¡Tíralo! ¡Tíralo!" pero Sandra miró a su novio a los ojos y le dijo:

"¿Y bien?" El soltó un suspiro de resignación y miró a Sandra diciéndole con tristeza:
"Lánzalo." Sandra lanzó el libro al agua y él pudo ver como volaba por el aire y caía al agua, deshaciendo las hojas del libro con la humedad. De pronto a lo lejos escuchó la voz de su cliente nuevamente que decía: "¿Señor vendedor? ¿Está usted bien? ¿Señor vendedor?"
"Discúlpeme señor, me quedé pensando un momento. ¿Decía algo?"
"Sólo le preguntaba cuál es ese libro que dice que no tiene."
"Ah. Es sólo una excusa que tengo en caso de que no logre encontrar algo." respondió el vendedor de libros, ya nuevamente con una sonrisa en su cara.
"Es usted muy sabio, vendedor, muy sabio. ¿Cuánto le debo?"
"Oh, no es mucho, salen todos los detalles aquí en la boleta. No puedo cobrarle demasiado por un libro que está rayado de todas formas."
"Muchísimas gracias. Me encargaré de decirle a todos que usted tiene aquí todos los libros del mundo."
"¡Todos excepto uno, recuerde!"

...excepto uno.

Nota: Este cuento no es idea original mía. Lo saqué de un comic que encontre en internet, que encontré tan bueno, que lo quise compartir con ustedes de una forma más verbal que visual. Espero que les guste. La imagen es del cómic, uno de los recuerdos del vendedor cuando se están hundiendo los dibujos en el agua. ¡Saludos!