Me topé con la primera grieta cuando llevaba unas 4 horas caminando. El sol me golpeaba fuerte en la cara y el viento no hacía amagos de aparecer para aliviar el calor que se había estado haciendo presente desde hacía ya un buen rato. En un principio la enorme rajadura en mitad de la carretera me causó una sensación de no pertenecer en aquel extraño lugar, pero rápidamente me abrazó la curiosidad y me acerqué a observarla con mayor detenimiento. Era una enorme grieta en medio del pavimento. Parecía como si se extendiera hacia abajo, como penetrando en la corteza de la tierra.
Seguí caminando algunos metros, topándome con grietas similares en el camino, hasta que llegué a la cima de una pequeña loma en el camino.
La visión me dejó realmente pasmado. El terreno estaba completamente devastado en kilómetros a la redonda y ocasionales columnas de humo salían aquí y allá y se sentía un calor sofocante por todos lados. El suelo estaba cubierto de una roca irregular, y escasos restos de civilización humana quedaban esparcidos por todo el terreno. Al parecer el lugar había sido azotado por una fuerte erupción volcánica. Sin embargo no había volcanes a la redonda a los que se pudiera culpar.
Hacia mis adentros comencé a preguntarme cuál podría haber sido la causa de tal devastación y me encontraba sumido en lo más profundo de mis pensamientos cuando una voz a mis espaldas dijo: "Debes tener cuidado al caminar por esta zona, joven. Estás parado frente a las mismísimas puertas del infierno."
Sobresaltado me di la vuelta y encontre ahí a un anciano que parecía tener miles de años. Las arrugas se amontonaban sobre su morena piel y el cabello blanco como la nieve le caía a los costados de la cabeza, cubriéndole las orejas.
"Si tanto cuidado debo tener yo; ¿por qué rondas estos lugares, anciano?" pregunté aun sorprendido por el inesperado encuentro en aquel inhóspito paraje.
"Este ha sido mi hogar desde siempre. No puedo dejarlo." respondió el anciano con cierta melancolía en la voz.
"Si siempre has vivido aquí, sabrás lo que pasó; ¿no es así?" pregunté intrigado, a lo que el anciano respondió: "Claro que se lo que sucedió. Pero todos tienen sus propias versiones. Una erupción volcánica, un violento terremoto, pero nadie de los que estaba aquí ese día, a excepción mía, sobrevivió para contarlo, por lo tanto las versiones están basadas en suposiciones. Razonables, pero suposiciones al fin y al cabo."
"Y por que no cuentas la verdad al mundo, viejo?"
"Porque es espeluznante, joven. Te acabo de decir que estas son las puertas del infierno. Lo que ves aquí no son más que los vestigios de lo que sucedió la primera vez que se abrieron dichas puertas."
Las palabras del viejo me dejaron sobresaltado, pero la incredulidad ganó terreno y no pude resistirme a contestarle a la locura que acababa de decir:
"Estás delirando, anciano. Pensaba que te referías al sobrenombre del lugar, por el calor que hace, ¿pero esto? ¿Cómo sabes que no fue alguna mina subterránea que se incendió? O quizás fue una explosión."
"Mira a tu alrededor chiquillo. El lugar está devastado. ¿Crees que la madre naturaleza le haría algo así a su propia creación? Si tienes tiempo te puedo contar lo que sucedió. Si no tienes tiempo, te sugiero que salgas rápidamente de aquí."
Miré al anciano con una mezcla de incredulidad y curiosidad. Parecía muy seguro de lo que decía, sin embargo lo que contaba era demasiada fantasía como para ser verdad.
Levanté la mirada hacia el cielo y vi que el sol aún estaba alto y brillante. Miré la hora y comprobé que aún tenía tiempo para llegar al próximo pueblo. Bajé los ojos nuevamente hacia el hombre que había parado ante mi, lo miré a los ojos y con voz fuerte y decidida le dije:
"Está bien anciano. Cuéntame tu historia. Hasta el último detalle."
...
nota: continúa la historia aquí