Friday, April 11, 2008

Las lomas se extendían, tapizadas por una hierba tan verde como no había visto en décadas, tan lejos como alcanzaba la vista, aparentemente sin nada que les interrumpiera el paisaje. El camino estaba trazado sin mayores complicaciones, atravesando ese campo sin detenerse. El cielo estaba cubierto por unas oscuras nubes, pero el sol alcanzaba a mostrar un par de naranjos rayos de luz entre las nubes y no parecía como que fuera a llover. Llevaba caminando todo el día, y habían pasado varias horas desde que había visto cualquier clase de ser viviente.
Subiendo una pequeña loma, de pronto vino una suave, pero gélida brisa, que me erizó hasta la punta de los pelos y cuando llegué a la cima, me topé con una enorme sorpresa.
Al otro lado de esa loma, desde la tierra y cubierta en parte por la hierba, se asomaba la proa de un antiguo barco a velas. Por lo que se alcanzaba a ver, la nave había sido enorme y parte de los mástiles salían tambíen de la tierra, como brazos de un enorme gigante que se haya quedado enterrado.
Me sorprendió ver un vehículo acuático en la mitad de una nada tan terrestre como ésta y me dediqué a inspeccional el barco.
La madera parecía muy vieja, podrida en parte, pero aún asi mantenida ante las inclemencias del tiempo. Estaba cubierta de musgo y los insectos hacían del navío un hogar un poco más variado que la enormidad de hierba que se extendía kilómetros a la redonda.
Estaba en la mitad de mi inspección cuando de pronto una voz irrumpió sorpresivamente en el silencio del lugar y me dijo: "Si yo fuera usted, me sentiría honrado, joven caminante. No es mucha la gente que llega a este lugar para contemplar este maravilloso barco."
Sorprendido me di la vuelta y me encontre con un anciano que debía tener sobre 100 años de edad, pero que se movía con toda tranquilidad. El pelo blanco le colgaba largo sobre los hombros, una barba abundante y canosa le cubría la cara llena de arrugas, los ojos entrecerrados, como si le molestara la luz. Vestía viejos ropajes andrajosos, cojeaba al caminar y llevaba un bastón lleno de nudos.
"Este barco tiene una historia, y una muy buena razón para estar aquí, encallado y enterrado en este mar de hierba. Este barco fue una de las naves más grandiosas del océano, hace muchísimo tiempo atrás. Su tripulación era disciplinada, obediente y disfrutaban hacer lo que hacían. El capitán era osado, tenía experiencia y logró llegar siempre donde quiso. Muchos los trataron de piratas, pero no robaban por robar, robaban cuando lo necesitaban, solo para sobrevivir. Vivían de y en el mar. Así fue hasta que el mismísimo Dios del Viento le ofreció a su capitán no sólo ser dueño de los mares, sino que también de los cielos. El Dios del Viento necesitaba ayuda para controlar los cielos y evitar que las cosas se salieran de su cauce y le ofreció al capitán navegar no solo con la ayuda del viento, sino sobre el viento para llegar a dónde el quisiera. Pero esto no era gratis. Podría volver a la tierra durante una semana, una vez cada cinco años, durante el resto de su servicio. El capitán, ciego de orgullo de poder llevar su nave a donde quisiera, aceptó y con eso, selló su destino. El trato funcionó durante los primeros veinte años, hasta que en la cuarta semana que pasó en tierra desde que hubiera hecho el trato, estando en puerto, se enamoró de una bella joven a la que prometió su corazón y su alma, por el resto de sus vidas. Con esto rompió el trato de los cinco años, y volvió para visitar a su amada al mes siguiente, pero el Dios del Viento se enteró y su cólera fue desatada.
"¡Has incumplido el trato que has hecho conmigo y es sólo cuestión de tiempo para que el caos se vuelva a gestar entre las nubes! Como castigo, te desterraré al único mar que tocará tu nave desde aquí hasta la eternidad y tu nave no volverá a moverse ¡jamás!"
Con esto el Dios del Viento se llevo al capitán junto con su nave y lo trajo a la mitad de este campo, y durante quinientos años, la nave ha estado varada y enterrada aqui, en este mar de hierba, donde los cielos se notan caóticos en todo momento, pero donde no se desata nunca la tormenta y el sol alcanza apenas a mostrar sus rayos entre las nubes."
Sorprendido miré al viejo, luego de que terminara de contar la historia y no pude evitar hacerle la pregunta:" ¿Y usted cómo sabe todo esto?" A lo que el viejo me contestó: "Fácil pues, joven caminante, yo soy el capitán de este barco."

A lo lejos graznó un cuervo, el primer sonido animal que había escuchado desde hacía horas, y cuando me di vuelta para ver de dónde vino el graznido, volvió a correr una suave, pero gélida brisa, que me erizó hasta la punta de los pelos. Cuando volví a fijar mi mirada en el viejo y el barco, ambos habían desaparecido.